Sobre la crisis del aikidoka – Por Lucio Alvarez

Ver artículo de Paco Agüera – La crisis del aikidoka

Como de costumbre, el extraordinario sentido del humor de Paco, sirve para “disimular” un lúcido y detallado análisis de lo que suele pasar por la mente de cualquier practicante de Aikido (y de otras vías) en las sucesivas etapas de su aprendizaje; sobre todo en las iniciales.

En el fondo, lo que se encuentra detrás de todas esas “crisis”, no es otra cosa que el ego, el orgullo, el egoísmo. Son sólo algunas de las formas de presentarse de entre las muchas y muy diversas manifestaciones del orgullo.

Al principio, traemos el orgullo al tatami como algo a destacar, meritorio, y formando parte básica de nuestro bagaje educativo, pues es tal como la sociedad (y nosotros mismos por ella estimulados) le considera: El orgullo, de la mano de la ambición, dentro del ámbito socio-económico-cultural de las sociedades “desarrolladas”, es virtud de prestigio y considerando irrefutable de nuestras acciones. Una persona distinguida puede perder hasta la camisa  pero jamás el orgullo. Nuestro país y sus gentes, además, tienen fama de orgullosos. Era costumbre de los fijodalgos venidos a menos y muertos de hambre, echarse miguitas de pan sobre la pechera -sin camisa bajo el jubón-, para que pareciese que habían comido… Pero, ¿trabajar? ¡Hasta ahí podríamos llegar! Mucha culpa hemos de agradecerle a ese orgullo del atraso que hemos tenido con respecto a otros países de nuestro entorno. Desde el Gran Capitán a nuestros días los casos de personas “muy dignas”, terriblemente ofendidas por haberse dudado de su “dignidad”  pidiéndoles cuentas del uso dado a los dineros públicos, se repite y repite como un eco o como la enfermedad del hipo.

Pero volvamos a nuestro camino.

El orgullo es esencial. Hemos de estar orgullosos de todo: de nosotros mismos, seamos como seamos; de nuestras familias y amigos, sean como sean; de nuestros trabajos, que fueren los que fueren sirven para “dignificarnos”; de nuestros logros, pertenezcan al ámbito que pertenezcan (incluso si pertenecen al ámbito de la delincuencia, la estafa o de su primo “el pelotazo”…). Orgullosos siempre, aunque se trate de méritos tan poco personales como el triunfo (la mayor parte de las veces triunfito) de nuestros allegados más o menos directos; o de Rafa Nadal, de las traineras de Orio, de nuestro equipo de futbol o de la canción que represente a España en Eurovisión, aunque sea más mala que la peste.

Y, como es normal, ese orgullo, se asoma tras la timidez del principiante, manifestándose en todo su esplendor en nuestro interior, y cauteloso fuera de él, pretendiendo, en el fondo, alcanzar la excelencia lo antes posible y por encima de la excelencia de los demás.

Luego, a medida que vamos viendo que esto, el Aikido, no es igual que otras actividades de carácter competitivo (se trate o no de deportes), que aquí no hay más rival que el ego mismo, y que no es asunto fácil, ¡ni siquiera para nosotros!, el ego se nos va presentando en formas más o menos camufladas. Incluso, cuando ya llevamos sobre nuestras espaldas años de práctica, suele aparecerse bajo el disfraz de la forma de luchar contra sí mismo; y nos convertimos entonces en más serios, sinceros y humildes que nadie. O sea, que nos sentimos orgullosos de ser humildes… Y menospreciamos a los que no siguen “nuestra línea”, a los que no hacen Aikido “de verdad”…

Y a mayor avance, más peligro de caer en trampas de las que nos es más difícil salir, porque son más sofisticadas y sutiles. El ego tiene esas cosas. Cuando se ve acorralado, se defiende como gato panza arriba…

Están las prisas -ganas las llama Paco-, las equivocadas o excesivas expectativas que nos forjamos en su día o que nos hemos ido forjando… Y en algunos casos llegamos a desdeñar el Aikido porque no nos da lo que de él esperábamos… No ha explotado el ki en nuestro vientre, ni se extienden sus rayos luminosos a través de nuestras manos; no ha bajado una corte celestial a anunciarnos el glorioso nacimiento de la “fuerza” en nuestro ombligo; no vemos elevarse del suelo, salir lanzados o caer fulminados a nuestros enemigos con el poder de nuestra mirada… Ni siquiera conseguimos cosas menos espectaculares, como puede ser: dominar cuatro o cinco técnicas en un par de meses para poder salir seguros ¿…? a la calle.

Son de destacar declaraciones como las que hizo hace muy poco un principiante: “Maestro, voy a dejar de practicar porque he visto que esto no es tan fácil; aún no he sido capaz de controlar ninguna técnica… Es que me veo torpe… ¡Qué no logro cogerlo!…” Esta persona había empezado a practicar unos dos meses antes de estas declaraciones; de los cuales, a penas había asistido a cuatro o cinco clases…

Exigimos de nuestro arte (o de la vida) algo que nadie nos ha prometido. En lugar de adaptarnos nosotros –armonía-, queremos que sea el Aikido (o la vida) quien se adapte –discordia-. Queremos freír un huevo echándolo sobre un yunque y cascándolo a martillazos, y nos quejamos luego de que se haya chafado y de que siga crudo.

El ego sólo irá desapareciendo a medida que dejemos de alimentarlo. Las dudas se resolverán por sí solas en cuanto dejemos de preocuparnos de ellas. La armonía se consigue sintonizando con lo que se pretende armonizar, no forzándolo; dejando fluir y fluyendo con uke en los movimientos de Aikido, en el Aikido, y dejando fluir y fluyendo con la vida en todas sus facetas, fuera del tatami.

Lo de las facetas de la vida viene porque solemos ver la vida (de la que forman parte principal y esencial las adversidades) como un problema, y a los problemas como enemigos a los que hay que derrotar, convirtiéndola así en una constante y frustránea lucha, ya que de tal enfrentamiento, inexorablemente, sólo podremos salir perjudicados y vencidos, incluso aunque parezcamos triunfantes dominadores.

Esa misma visión la extrapolamos al tatami y vemos en uke una especie de problema, de enemigo; le vestimos de atracador, de ultra, de maleante al que vencer, y cuando no, nos vemos así a nosotros mismos. A nadie ni a nada hay que vencer, derrotar por la fuerza. La vida, los problemas,  uke, nosotros, no somos enemigos, sino colegas, colaboradores con los que tenemos que entrar y permanecer en sintonía.

Se suele usar el término “bailar” para hacer referencia al entrenamiento. Es un término que define muy bien lo que se pretende. Un buen bailarín, bailador o bailaor –o bailarina, bailadora o bailaora-, tiene que dejarse llevar por la música y armonizar con ella y con la pareja sus movimientos. Y no sólo los movimientos, también la mente, las emociones y hasta el espíritu. Mientras dure el baile estará, si de verdad siente la danza, en una especie de éxtasis en el que sólo será consciente de la música. No de los pasos, ni de la técnica, ni de lo bien o mal que lo esté haciendo, ni de cómo le van a ver los demás. Al menos durante ese tiempo, si se ha entregado a la concordancia, al discurrir, habrá fluido a ritmo, habrá efectuado una unión y su mente habrá sido libre durante esos momentos. Hacer que ese estado sea definitivo depende ya de muchos factores, pero el ir prolongándolo depende, en su mayor parte, de nuestro esfuerzo y confianza.

Muchos piensan que el Aikido no es una vía espiritual (tema éste, que quizá trataremos en exclusiva en otra ocasión), que se trata sólo de un arte de combate, una defensa personal, sin más fondo que el cultural o ético. Y esto como mucho. Hacen de él un negocio, o una especie de deporte (pues aunque no se den medallas, practican y fomentan la competencia, “pique” la llaman a veces para enmascararla, entre compañeros o entre grupos), o una actividad más o menos entretenida o lúdica, o una forma de hacer ejercicio… En estos casos se entiende la promoción que del Aikido hacen (véase como ejemplo el clip “chou” expuesto en nuestra página web), sin preocuparse para nada de los verdaderos valores que posee y pretende. Si no ven, ni buscan, ni desean otra cosa del Aikido…, pues bien,  que así lo manifiesten ¡Allá cada uno con sus cosas! Pero detrás de las técnicas, en su fondo, bajo la apariencia, hay algo más para los que estén dispuestos a encontrarlo: el debilitamiento gradual del ego y con ello la liberación, igualmente gradual, de nuestro verdadero Yo.

Es más, si el Fundador no hubiese visto, desarrollado y sacado a la luz esa virtud en los movimientos del Aikido (nominada y definida con completa exactitud por tal nombre), habría que hacerlo; ya que esta danza “loca” de retorcer y ser retorcido sin que importe el retorcer ni el que te retuerzan, conlleva un juego de armónicas concordancias en lo físico y mental de los participantes que por fuerza desembocará en un mayor desapego por lo particular, y una delación de lo aparente y superfluo que evidentemente llevará, así mismo, a una mejora ética y, por ella, a una mejora espiritual. Además, a diferencia ahora, de a los bailarines o bailarinas en la danza, en el Aikido, a uno no le espera ni siquiera el aplauso. Así pues su práctica está, debe estar, libre de cualquier envanecimiento.

Cuando el orgullo ataque (“crisis”), en lugar de enfrentarle agresivamente -hacerle caso-, hagamos taisabaki apartándonos de su camino, ¡y a otra cosa mariposa! Que ante sí encuentre el más absoluto vacío.
 

Un abrazo a todos.

Lucio Álvarez Ladera